25 años de Escribir en los bordes

Por Gaby Cevasco**

Hace 25 años se realizó el Congreso Internacional de Literatura Femenina Latinoamericana, en agosto de 1987, cuyas ponencias dio lugar a la publicación del libro Escribir en los bordes. Este congreso se realizó en el marco de dos contextos muy importantes: uno político, Chile estaba en plena dictadura de Augusto Pinochet, y el evento fue un desafío y una proclamación de libertad, la afirmación que el espíritu de las mujeres seguía siendo libre, a pesar de la muerte y la represión.

El otro contexto es el feminista. El feminismo es un movimiento político que nació en el contexto de la Ilustración, que tuvo como nacimiento la Revolución Francesa. Es el momento en que las voces aisladas de las mujeres demandando la igualdad de derechos se hicieron colectivas y parte del debate democrático. Desde entonces el feminismo inició un proceso de construcción de una agenda teórica y una agenda de acción política. La pregunta es, entonces, qué estaba sucediendo con el movimiento feminista en ese momento, en relación a la construcción de una crítica literaria desde el feminismo.

Hay que señalar que la crítica literaria y el acto de escribir han sido para el feminismo una acción política, al considerarse que “la hermenéutica está en gran medida determinada por el género sexual” (Borràs:2000:18). En este sentido, Escribir en los bordes se ubica en este proceso y da cuenta de los aspectos clave de la crítica literaria feminista y de las escritoras latinoamericanas en las décadas setenta y ochenta del siglo pasado.

La crítica feminista en aquel momento se planteaba como fundamental revisar la historia literaria para estudiar cómo las mujeres eran representadas en las obras escritas por los varones. En segundo lugar, recuperar la historia y la obra de aquellas mujeres que habían escrito pero que habían sido invisibilizadas por la crítica literaria patriarcal y analizar cuál había sido su contribución a la literatura. Y en tercer lugar, escribir desde el universo de ser mujer para reafirmar la identidad y libertad femeninas.

En Latinoamérica, como en el resto de regiones, la literatura de las mujeres era una ausencia en la historia literaria oficial, pero había una presencia importante de mujeres que desde el siglo XIX habían desarrollado entre ellas algunos mecanismos de comunicación y solidaridad que les permitía cierto conocimiento de sus obras, pero poco a nivel del público masivo. Este aspecto continúa siendo un reto para la mayoría de las escritoras latinoamericanas: llegar al público mayoritario.

Esta solidaridad entre las escritoras se dio como respuesta a los problemas políticos que habían vivido algunas de ellas como consecuencia de haber tenido a la literatura y el periodismo como armas de crítica frente a la corrupción de los poderes del estado, de lucha por los derechos de las mujeres, y de afirmación laica de nuestras democracias, pues se veía la influencia de la Iglesia Católica, especialmente, como principal instrumento de control y de dominación de las mujeres en la sociedad.

Para tener una mayor comprensión del libro Escribir en los bordes, hay que señalar que está estructurado de la siguiente manera: una introducción, a la que le siguen los discursos del acto de apertura del congreso, una tercera parte sobre la teoría feminista y crítica literaria. Sigue un capítulo sobre tradición y relecturas. Y las dos siguientes dan cuenta sobre la narrativa y la poesía latinoamericanas, en la que se analiza la obra de escritoras como Clarice Lispector, Griselda Gambaro, Luisa Valenzuela, Isabel Allende, Diamela Eltit y la generación del 80. Entre las poetas se habla sobre la poesía de Carmen Berenguer, Cecilia Vicuña y en general sobre los temas y estilos de las poetas latinoamericanas.

El congreso se da en momentos en que se enfrentaban dos escuelas sobre crítica literaria feminista, la norteamericana, que planteaba la reconstrucción de una tradición literaria femenina, alternativa a la dominante; y la escuela francesa que nace “de una reflexión sobre subjetividad, lenguaje e inconsciente (Kristeva, Irigaray)” (Richard:1987:45).

En este proceso, las escritoras y la crítica se preguntaban si existía una literatura femenina, un lenguaje femenino. Hay que recordar que en los años setenta y más aún los ochenta, la presencia de las mujeres en la literatura era cada vez más visible y las tendencias en el debate eran abiertas con relación a: ¿las mujeres escribían desde su subordinación y alienación lingüística, para luego poder escribir como hombres? ¿Cómo dar forma a un mundo de subordinación y opresión a través de un lenguaje y simbología masculinos? Por consiguiente, ¿cómo ser auténticas si las herramientas eran masculinas?

Lo cierto es que las mujeres desde los 60 y 70 empiezan a constituirse en una corriente dentro de la literatura latinoamericana y traen nuevos temas, como el cuerpo, la identidad, la condición sexual, sexualidad y erotismo; es decir, empiezan a hablar de aquello que durante siglos había sido silenciado. Recordemos que las primeras expresiones de literatura femenina en América Latina surgen en los conventos, a través de diarios, muchas veces redactados como una sanción impuesta por los confesores para que a través de la escritura las mujeres exorcisaran sus demonios internos. Posteriormente, las mujeres van a escribir sobre el amor, la maternidad como experiencia, para poco a poco abrirse a temas para lo que requirieron audacia y valentía, pues estaban transgrediendo lo normativo en relación a lo que ellas debían escribir.

Maruja Barrig, en uno de los primeros textos de crítica feminista en el Perú (“Pitucas y marocas en la nueva narrativa”, 1981), reconoce que en la narrativa posterior a los años 50, escritores como Mario Vargas Llosa, Alfredo Bryce y Julio Ramón Ribeyro, continuaban la tradición de representar dos arquetipos de mujer: la virtuosa y la impura. No sorprende, entonces, la polémica que se desató cuando las escritoras retiran los velos del pudor y de la discreción, para convertirse en las “chicas malas de la historia”, para hablar de la experiencia sexual como una metáfora de la libertad y autenticidad que deseaban en sus vidas. Literatura que, por un lado, equivocadamente vieron como una confesión y por ello perturbó “las buenas conciencias” como dice Carmen Ollé, y, por otro, fue percibida por críticos y colegas de poca visión histórica como una obra poco significativa, sin vislumbrar el impacto que tendría en la creación femenina y en general en la literatura.

Y es que las narradoras y poetas ya no son apéndice de la literatura masculina vigente y eso es lo que vislumbra el libro Escribir en los bordes. El congreso fue un espacio donde todas estas voces y demandas estuvieron presentes. Fue una acción contestataria, de rebeldía, de afirmación, de las escritoras no solo de Chile, también de otros países de Latinoamérica.

Hoy estamos en otro momento, nuevas reflexiones se han dado sobre “la compleja relación entre la identidad de género y la identidad del sujeto que narra” (Calderón:2009). Lo importantes es que las nuevas generaciones de escritoras continúan aportando a la poesía y narrativa desde su universo de ser mujeres, en un continente de tanta riqueza cultural. Narradoras que se caracterizan por los distintos registros (cuentos, novelas, poesía) y por temáticas urbanas, rurales, fantásticas, que apelan a tradiciones latinoamericanas o cosmopolitas. En este sentido, las escritoras hoy constituyen voces importantes en el panorama cultural de América Latina y algunas a nivel internacional. Logros que van más allá de las reivindicaciones de género.


*Texto presentado el 30.08.2012 en la Feria Internacional del Libro de Lima
** Periodista y escritora, integrante del Centro Flora Tristán.


Bibliografía

Borràs Castanyer, Lura. 2000. Introducción a la crítica literaria feminista. En Marta Segarra y Ángels Carabí (eds). Feminismo y crítica literaria. Icaria Mujeres y culturas. Barcelona.